La casa de Bernarda Alba
Federico García Lorca describe en La casa de Bernarda Alba a una sociedad tradicional de principios del siglo XX, en la que la mujer es relegada. También está presente el tema del fanatismo religioso ambientado en la España rural con una atmósfera represiva.
En la obra hay una denuncia a las normas sociales que impiden a las mujeres realizarse y elegir su destino. Frente a la libertad, se oponen los prejuicios de una clase social tiranizada por las apariencias y el temor “al qué dirán”.
La estructura de la obra es circular, Bernarda comienza y termina la obra con la palabra silencio, la muerte y el luto aparecen al principio y al final. Bernarda Alba se opone a la libertad de sus hijas. Adela decide sentir-actuar y rebelarse. Bernarda vigila lo que ocurre a su alrededor para mantener lo que considera decencia y dignidad, y ejerce el poder y el control sobre sus hijas.
Bernarda, dice: “En esta casa no hay un sí ni un no. Mi vigilancia lo puede todo”. La Poncia responde: “No pasa nada por fuera. Eso es verdad. Tus hijas viven y están como metidas en alacenas. Pero ni tú ni nadie puede vigilar por el interior de sus pechos” (p. 34).
Adela y su abuela María Josefa desafían la autoridad de Bernarda. Adela se siente dueña de su cuerpo y libre de hacer con él lo que quiere, se enamora de Pepe Romano. Adela se da cuenta de que seguir las normas impuestas por su madre la condenan a ser infeliz por lo que luchará contra ello. Sin embargo, esa lucha desembocará en la muerte como única forma de liberación.
Adela reacciona ante toda norma; en una ocasión insulta a Martirio porque la mira. Cuando la Poncia le riñe, Adela dice: “Me sigue a todos lados. A veces se asoma a mi cuarto para ver si duermo. No me deja respirar. Y siempre ‘¡Qué lástima de cara!’, ‘¡Qué lástima de cuerpo que no vaya a ser para nadie!’ ¡Y eso no! Mi cuerpo será de quien yo quiera” (p. 19).
Adela, en un acto de rebelión a la orden de luto dada por Bernarda, rompe a llorar y exclama: “¡No, no me acostumbraré! Yo no quiero estar encerrada. ¡No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras! ¡No quiero perder mi blancura en estas habitaciones!” (p. 13).
Bernarda es una mujer de 60 años, que ha enviudado dos veces, es madre de cinco mujeres. Es autoritaria y conservadora. Sus hijas le temen, excepto Adela. La Poncia, la considera una tirana.
Mantiene a su madre encerrada. Tiene un bastón que usa para llamar la atención. Bernarda ejerce el poder en la casa. Este rol dominador de Bernarda no es sólo sobre sus hijas, sino con los que la rodean, haciendo alarde de pertenecer a una clase superior: “No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase.” (p. 9).
Bernarda rechaza todo lo relacionado con el sexo masculino al decir, a la salida de la iglesia tras el funeral de su marido: “Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y ése porque lleva faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana” (p. 5).
El conflicto en la obra es social, una lucha contra el entorno, las leyes y el pueblo. Bernarda sentencia “ocho años” de luto: “Esto tiene ser mujer” (p. 7); “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón” (p. 7). Magdalena resume: “Malditas sean las mujeres” (p. 7).
Para Bernarda, el matrimonio es el único camino para que la mujer pueda irse y satisfaga sus deseos. Las ideas de la decencia, del recato y de la virginidad forman parte de su mentalidad sexual. La autoridad de Bernarda es el poder de un matriarcado establecido tras la muerte del marido. Bernarda “bregando como un hombre” —le dice la Poncia a su vecina Prudencia—.
Hay una distinción entre hombres y mujeres. Adela dice: “Se les perdona todo”. Amelia: “Nacer mujer es el mayor castigo”. También la Poncia dice “un hombre es un hombre”; en otro momento, “A vosotras que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre a los quince días de boda deja la cama por la mesa y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón”. (pp. 17-18)
Bernarda actúa de manera tiránica, todas estas situaciones de autoritarismo y prohibición llevan a las hermanas a sumisión, resignación o rebeldía. Adela muestra rebeldía: “No, no me acostumbraré... ¡Yo quiero salir!” Y son su fuerza y su pasión las que hacen que Adela encarne la libertad: “¡Mi cuerpo será de quien yo quiera!” o “¡Lo tendré todo!” [...] “me iré a una casita sola donde él [Pepe] me verá cuando quiera, cuando le venga en gana. Aunque sea “una corona de espinas” y aunque se case con su hermana Angustias, está dispuesta a convertirse en la amante de Pepe el Romano.
Con la prohibición de Bernarda, Adela busca una salida: el amor oculto (y, para la moral imperante, prohibido), de espaldas a la sociedad y a la propia familia. Adela mantiene relaciones ilícitas con Pepe el Romano, una mujer que se rebela contra el mundo.
Conclusiones
Frente a la libertad, se oponen los prejuicios de una clase social tiranizada por las apariencias y el temor a la opinión ajena. El enfrentamiento entre la tiranía y la libertad alcanza su punto culminante cuando Adela rompe el bastón de mando de su madre —símbolo de su autoridad—, tras pronunciar unas desafiantes palabras en las que se rebela: “Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Pepe!” (p. 40).
El hecho de romper el bastón supone la ruptura del símbolo, que lleva consigo la ruptura con la sociedad; es el desafío abierto contra la moral establecida que encarna Bernarda.
El suicidio de Adela significa el fin de una actitud y la vuelta a la “normalidad” de Bernarda. Vuelven a imponerse su autoridad y su voluntarismo: “¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen! ¡Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas!” —y luego continúa— “Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) ¡Las lágrimas cuando estés sola! ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!” (p. 41).
Así concluye la obra, con la misma palabra con que Bernarda hace su aparición en escena. Continúa sin pasar nada; las apariencias deben seguir siendo guardadas; el dolor queda sometido a las apariencias y convenciones sociales, e impone de nuevo su autoridad. Se nos revela, pues, la lucha que se desarrolla dentro del ser humano entre dos tendencias opuestas: la de obedecer la norma social y moral (impuesta por la fuerza) a costa de vivir en la tristeza y la frustración. Y la de rebelarse y buscar una libertad de vida, una libertad amorosa: el amor exige la libertad para realizarse. Del choque entre las dos fuerzas surgen la tragedia y la muerte.
Referencia
García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Web. Recuperado el 28 de junio de 2020. Disponible en: https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=sites&srcid=ZGVmYXVsdGRvbWFpbnxwcm9oaXNwYW5pY2FsaW5ndWF8Z3g6NDM4MjM5MjZmZDQ1NDQ5ZA

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