El sermón del taxista

Después de mi distancia del domingo en Reforma lo que deseo es regresar pronto a casa así que sin más hago la parada al primer taxi que pasa.

De entrada el conductor responde el saludo y asiente que comprende mi destino. Luego sin más suelta "No se vaya a molestar señorita (aquí yo hago una mueca ya de descontento por la advertencia) y continúa: ¿conoce esto? (me muestra una biblia que por su aspecto la debe traer del tingo al tango)".



―Sí claro. ―Le respondo con la idea de terminar la plática pero entonces el suelta una letanía y una oración. Me cuenta que hace unos momentos subió a unos pasajeros que le dieron miedo y agradece al creador que lo haya ayudado y no le haya pasado nada. Yo asiento y miro a través de la ventana imaginando el desayuno que me prepararé al llegar.


―¿Ya regresa de trabajar?― me pregunta y yo me sorprendo si mi atuendo en mallas y tenis es de trabajo. Niego y replico que "vine a correr". Ya luego vendrán las preguntas: ¿en qué lugar quedo en las carreras? ¿cuánto me pagan por correr?

Luego de nuevo regresa al tema Dios y entonces de nuevo: "no se vaya a molestar pero ¿le puedo preguntar qué religión tiene? De nuevo mi mueca y comienza los dimes y diretes de él. Lo escucho con fastidio sin responder, hasta que al darse cuenta de su monológo trata de sonreír y de nuevo disculparse. Es testigo de Jehová y dice que desde hace 20 años encontró a Dios, Padre y blah-blah-blah... para entonces yo ya he decidido que me prepararé unos molletes con un café y un jugo.

El camino se me hace interminable y para entonces ya llevo varios sermones y que ellos (los testigos de Jehová) son la neta. "No hay que hacer el mal sino el bien señorita".

Mi casa está próxima y me alegro de que sea así: tengo hambre y cuando tengo hambre me enoja no comer. Pago al conductor que en todo el camino me ha sermoneado. Le pago y para mi sorpresa el se cobra de más con toda la intención de "cobrarse unos pesitos extra". ¡Vaya ejemplo de honradez y de bondad resultó ser el predicador taxista. ¡Vaya con Dios!― me dice al arrancar y yo sólo alcanzo a cerrar la puerta porque ha arrancado temeroso de que le haga ver su ratería. Así el domingo de hacer el bien.





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