Enrique, mi profesor de cine
Mi memoria suele traicionarme pero para mi fortuna he conservado escritos que me evocan sentimientos y pensamientos de mi ciclo como universitaria.
Pocos son los profesores que recuerdo. En realidad, la mayoría fue x y pasaron desapercibidos en mi memoria. Son contados los que recuerdo, algunos por mediocres, una por ahí por gandalla y uno que otro por su forma original de ser. Entre este último está mi profesor de Cine (me dio dos materias posteriormente pero lo recuerdo como el maestro de cine).
Mi escrito está incompleto, falta el inicio. Recuerdo que en este mencionaba una descripción física y de su forma de ser. Era un joven de figura delgada, cabello largo y vestimenta holgada con sandalias. No diría hippie porque no recuerdo estampados… pero sí los huaraches y ropa holgada.
Mi escrito sigue así:
(…) pueden actuar y pensar por sí solos…yo no soy dictador, no soy arbitrario, yo no paso lista. A mí no me importa quienes son mis alumnos”.
La desilusión me invade. A este tipo no le importa quienes somos, no se aprende los nombres, no sabe quiénes son sus alumnos…quizá hasta ni nos conozca de vista.
—Eso es bueno, créanme…a la hora de calificar soy igualitario con todos, sin favoritismos, sin nombres que vuelquen sus imágenes y me obliguen a palomear o tachar.
A veces creo que es psicoanalista.
—Mi abuela era gitana…—y luego su sentencia “ella es insegura, se nota en sus exámenes estudió pero dudó”.
—Es bonito nombre María…un estilo ya marcado, ya así es. Y la sorpresa y extrañeza en sus aciertos, de su inteligencia, de su burla.
Pero su burla tiene principios, su humor sarcástico intenta y logra criticar conductas y pautas. Enrique se burla de la política, de la Iglesia “acepto y respeto a un ateo convencido que a un católico que dice serlo”, del matrimonio “no me caso porque es una lana, además de que no creo en el papelito de unión, me da risa”.
Enrique pachanguero, quizá otro Chinasky protagonista de Barfly: “Me encanta beber, me gusta el alcohol”. Y uno puede verlo con una copa, con cinco, con siete copas y su sonrisa y serenidad que le distinguen. El alcohol y Enrique se han hecho amigos sin dañarse, sólo disfrutándose, saboreándose a sí mismos.
—Imaginen— parece gritarnos con su mirada que contrasta con su sonrisa.
Su mirada es profunda, persuasiva, enajenante, triste, reflexiva…dolorosa. Nunca puedo verlo fijamente durante un minuto. Sus manos delgadas, frágiles se mueven coordinadamente siguiendo sus presurosos pensamientos. Sus dedos sujetan con gran estilo el cigarrillo que fuma con placer, ahora lo toma y lo coloca en sus finos labios rosados que fingen sonreír, ahora absorbe el humo con gran fuerza que la llamita de éste prende y crea ceniza que tirará descuidadamente en el piso. El humo tarda en salir —quizá se le olvidó soltarlo— pienso, pero Enrique quizá leyendo mi pensamiento lo saca con suavidad por la boca, jugando con el humito maligno que deja escapar poco a poquito.
Muchas veces se rió de nosotros, de los alumnos…nos decía: “¿quieren que les dicte?” Y la respuesta inevitable de los alumnos: “Sí”. Y Enrique irónico. “Bien ahí les va. El cine es arte. Punto y seguido. Con mayúscula. El arte es histórico, coma, estético, coma…”
¿Ah! Y los otros sin percatarse escribe y escribe sin hacer caso a la burla de Enrique que nos dictaba paso a paso.
Otras veces me sacaba de onda grueso, “saquen una hoja y escriban una historia para un guión cinematográfico”. Entonces yo la sacaba, le ponía mi nombre y arriba “guión” y con gran esfuerzo pensaba la historia, la pensaba…iba a escribirla cuando…
“Gracias, nos vemos mañana” —nos decía Enrique saliendo a gran velocidad. Y yo quedaba allí, con gran decepción y confusión, con tristeza, con locura…Creí que me pasaría su locura.
Enrique es cuate. Se aprendió mi nombre en una terapia de grupo. De allí en adelante me cuestionaba burlonamente al saber que no me gustaba hablar, su mirada triste se volvió alegre. El día último de clases después de aclaraciones y su rollo metafísico y filosófico dijo: “estuvo bien, el martes o jueves hay boletas y ese rollo…me agrado el grupo. Gracias y suerte”. Ese fue Enrique Cano, mi profesor de cine.

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