Sin miramientos

Tendrá como tres meses en casa. Llegó sorprendiéndonos a todos que la miramos con entusiasmo y curiosidad. Mi tío la trajo de Guerrero, amarrada del cuello con un hilito negro que contrastaba con su exquisita piel verde.

- No muerde –nos dijo el hermano de papá al entregarla, está aún pequeña pero crecerá y sólo entonces podrán admirarla en toda su belleza y grandiosidad.

La iguana permaneció indiferente a nuestras manos y miradas que la buscaban con curiosidad. Sus grandes ojos permanecían fijos en el vacío rompiendo el límite terrenal, solía preguntarme qué era lo que veía por tanto tiempo sin cansarse, sin aburrirse.

La iguana por su docilidad e indiferencia fue apremiada con la ruptura de la cadena que la aprisionaba, se le soltó y ella permaneció impasible:  con sus ojitos redondos sin parpadear.

Me senté con la disposición de comer el pollo frito con la ensalada de verduras cuando un grito de alarma nos puso a todos los miembros de la casa en movimiento.

- Se va la iguana, se va –gritaba uno corriendo tras ella.
- La matarán, se perderá…
- Se va, se va –decía yo con la cuchara en la mano y con apetito. No se fue ni la mataron, ni se perdió. Se le detuvo en el último momento cuando trepaba por la pared. Se le atrapó cuando ella, seguramente feliz, se enorgullecía huyendo.

La cadena volvió a su cuerpo. La iguana entonces pareció haber adquirido conciencia, se volvió agresiva y su enojo lo mostraba con el movimiento brusco de su larga cola de un lado a otro. Una y otra vez intentó huir jalándose e intentando romper el lazo. Se negó a dejar de menear la cola de un lado a otro aun cuando yo me acercaba a decirle que todo era por su bien, que si huía moriría en la caótica ciudad, que sería desgraciada y repudiada.

Pienso que ella se parece a mí, somos similares y, a la vez, tan diferentes. Está empeñada en morir o matar, lo que ocurra antes le será igual. Le he dicho a grandes voces que es injusta, que el odio hacia mí es absurdo pues yo no la traje a esta ciudad. Ella no escucha, permanece inmóvil con la mirada fija en mí, con esos grandes ojos que no se cierran ni parpadean y que sólo giran para no perderme cuando me he ido.

Ella no quiere entender, su mirada se fija en uno y sus ojos cual crueles armas intentan destruir con odio acumulado, con rabia y descontento. Sus ojos suelen buscarme aun cuando no le hablo. A veces, al salir y alimentar a los gallos, ella me mira. Quisiera que se fuera, que se largara lejos de mi vida, que huyera y regresara a su tierra de donde sin duda su mirada hallaría lugar, aquí en la ciudad no lo hay.

Tenía que sacar a la iguana pues ya era tarde, abrí la caja en donde duerme y sólo entonces me di cuenta. No pude contener el grito de horror al ver que allí permanecía quieta con sus horribles y grandes ojos, bien abiertos y sin parpadear, traspasando el cartón y las paredes hasta llegar su vista a mi habitación… apenas pude esquivar su mirada mortal que fulminaba todo lo que había a su paso.

Tengo un miedo incontrolable, la pesadilla aún no termina. La iguana me mira. La he encontrado en el árbol en que suele treparse, allí está quieta y fría sujeta de la cadena. Hay en el suelo dos piedritas que brillan bajo el sol. Las tomo entre mis manos y las admiro; parecen perlas. Cierro el puño protegiendo lo encontrado. La iguana entonces se mueve con brusquedad. Retrocedo con temor y sólo entonces puedo verla con detenimiento.

Allí está la iguana verde con una mirada diferente, con unos ojos extraños. Inconscientemente abro el puño y miro las piedritas, grito con horror y tiro los ojos de mi mano, aquellos ojos viejos que se han agotado de tanto odio.

Mi tío ha tenido razón, la iguana ha crecido. Ahora está enorme y la admiro. La especie de lagarto me sorprende, ha tomado un color muy verde y le han aparecido unas manchas amarillentas a los costados. Me parece un animal fascinante, lo único que me molesta son sus ojos, sus negros ojos nuevos que no se cierran ni parpadean y que continúan mirándome…

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