Un señor muy viejo con unas alas enormes (un camino muy largo sin un final)

Se puede iniciar diciendo que Un señor muy viejo con unas alas enormes representa un texto artístico rompiendo con las leyes sintácticas.

Si ya en alguna ocasión habíamos afirmado que el arte creaba sus propias reglas, el texto de Gabriel García Márquez reafirma esto rompiendo con las leyes lógicas y creando un nuevo orden en la trasgresión de la naturaleza, elaborando y sobrenaturalizando a la realidad, exagerándola y deformándola para crear una nueva sintaxis en donde lo imposible se vuelve posible y lo prohibido en permitido, en donde se rompe el espacio real por el imaginario sin limitantes.


Geográficamente se nos sitúa en la costa, en un escenario catastrófico en donde “El mundo estaba triste desde el martes”, esto me recuerda la escena bíblica del paraíso perdido; todo es funesto e imprevisto, degradante y triste… el paraíso perdido de los americanos a la llegada de los europeos.

Pelayo, Elisenda y el niño reflejan la cotidianidad, la inocencia, hospitalidad, ingenuidad; el Adán y la Eva en el pecado sin saberlo. Los americanos confiados, trabajadores y fieles.

Pelayo es alguacil, regula la justicia entre los hombres con una autoridad humana, al igual que el padre Gonzaga que lucha por la justicia pero a favor de una autoridad divina.

La familia de Pelayo advertida de lo que el ángel es, de la conciencia de no hallarse ya en el paraíso, de saber que el placer da origen a un niño que iba a ser arrebatado por el ángel, ve en éste un medio de lucro; ya no importa el paraíso si ya se perdió. El ángel que llegó a ellos para comunicarles la buena nueva, la salvación, el regreso al paraíso por su bondad e inocencia se ve de pronto contrariado, ellos ya no son buenos, ahora son malos y egoístas; ya no se entienden ni siquiera se encuentran familiares, sus voces y dialectos resultan incomprensibles para ambos… ¡adiós esperanza!

Los americanos comienzan a corromperse, es la conciencia del placer a la llegada de los europeos.

Mientras el padre Gonzaga ve en el señor muy viejo con alas enormes un demonio, la vecina ve en él un ángel. Por un lado la fe, la religión; por otro la superstición y brujería. En América predomina un afán por lo irreal, por lo fantástico, devoción a lo irreal. Practicamos nuestra religión aumentándole una dosis de superstición, de magia (entonces compramos estampitas de santos y oraciones para todos los gustos y usos. Para conseguir novio o mantenerlo, para ganar la lotería rezando cien veces seguidas y visitando seis iglesias), predomina la fantasía y creemos a la vecina, sí, sí es un ángel: No un demonio como nos advierte la religión, no es el camino ¿por qué creerle al padre Gonzaga? Al misionero que realmente ha venido a enseñar al americano acortar el camino de regreso al paraíso: con ángeles españoles y portugueses, nomás. No le creemos al padre Gonzaga, lo ignoramos ¿por qué creerle si él es también extraño? Un extraño que no posee mujer y que renuncia a los placeres sensuales, un extraño que habla a Dios cuando éste nos ha corrido del paraíso y nos ha obligado a trabajar… pero el padre Gonzaga no trabaja, eso también es extraño; él predica que haya resignación, que el fruto del deseo debe cuidarse y guiarse hacia la pureza, propone una conciencia-religión católica; otra no.

El padre Gonzaga es un extraño, es como ellos pero no como ellos, no, no, él no está en pecado: él tiene la razón no debemos dejarnos llevar por la superstición, no debemos ver el camino que no sea católico. A su ayuda llegan sus paisanos los europeos, los pecadores conformes, los extranjeros… ya todo es tarde.

Los extraños llegan, los europeos, los diferentes, la gente de feria pecadora y triste; mujeres desobedientes convertidas en arañas, en prostitutas horribles que buscan placer entre “bolitas de carne”, extraños seres que ambulan: acróbatas, sonámbulos, mujeres y hombres insatisfechos, todos llenos de pecado, contaminados hasta los huesos, han pecado y el paraíso ya no existe.

Los americanos aún con un poco de chispa, con algo de esperanza en sus cuerpos aún sanos confían en el ángel, pero después esa esperanza, esa chispa se va esfumando.

Elisenda, inteligente y ahora totalmente corrompida, ve en el ángel un estorbo, ya no sirve, ya no hay esperanza.

El ángel sin poder transmitir el mensaje de la salvación, el regreso al paraíso, se da por vencido; ya no vale la pena seguir en el mar de pecadores que provocaron su lastimosa condición, hay que reponerse y emplumar para partir, para alzar el vuelo e ir hacia las nubes, entonces “ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar”.

El ángel se ha ido y con él la salvación. El mundo se ha quedado solo, sin el paraíso, ya no existe remedio: América ha sido invadida de extraños. La conciencia ha alzado el vuelo, ya no importa lo perdido, que mejor que vivir en este mundo de placer y regocijo ¿el ángel, el camino, la conciencia? ¡Ya no importa! Ahora somos felices con dinero y una buena casa, ya no importa lo espiritual sino lo material; ya no importan nuestras raíces, antes rechazamos a los nuestros, a nuestra gente, negando y despreciándolos, que mejor ser como los europeos, qué mejor aspirar y aparentar algo que no nos sienta pero que llena…Ya no existe conciencia, el ángel se ha ido.

El mundo sigue triste desde el martes.


María Gómez Meave
Un camino muy largo sin final
8 abril, 1992


Comentarios

Entradas populares