Lolo

Cuando conocí a Lolo hace más de dos años ya veía en él signos de locura. Allí estaba él: un joven de aspecto atrayente, alto, delgado, con unos ojos negros que solían mirar con intensidad y una sonrisa franca que mostraba unos dientes blancos y bien formados.

- Lolo, el más loco de todos mis cuates –me dijo Ricardo como presentación y Lolo sin ninguna objeción por estas palabras estrechó mi mano.

Había en Lolo un entusiasmo frecuente que se manifestaba con sus carreras para llegar primero, con sus pláticas interminables y sus ideas extrañas y divertidas. Lolo solía rematar la conversación levantándose para ir a casa. Yo le miraba con sorpresa y le preguntaba si se regresaría caminando –Sí, ¿qué hay con ello? –decía con indiferencia al cuestionamiento de sus acciones.


Un día Lolo nos sorprendió a todos invitándonos a comer. Seguimos a Lolo, divertidos y contentos saboreando la comida hasta el final cuando con una sonrisa nos dijo “Ustedes pagan porque yo estoy bruja”. Al principio reímos creyendo que se trataba de una broma, pero nuestra sorpresa aumentó al comprobar que era cierto y esto justificaba sus viajes a pie hasta su casa.

En aquella ocasión a mí me pareció divertido, reí y pagué sin maldecir “Bravo, sabes tomar las cosas con optimismo” –me dijo Lolo y sin remordimiento alguno pidió un helado para rematar.

Sin embargo, no debe creerse que la locura –si puede llamarse así a la espontaneidad de Lolo– era algo malévolo y sin sentido, antes bien, siempre que realizaba una acción sin pensar lo hacía con el sano propósito de dar una solución con prontitud aun cuando ésta al final sólo complicaba más las cosas.

Recuerdo que a Lolo le gustaba jugar baloncesto. Ese día ordenaba a sus compañeros del equipo de básquetbol a defender su área. El partido estaba muy parejo y aunque ganaban, el adversario acertaba los tiros de media distancia. Lolo gritaba exasperado y su voz sobresalía más que la del entrenador que intentaba dirigir.

Lo que obtuvo Lolo de ese juego además de la victoria y el enojo del entrenador fue una torcedura de tobillo. –Oh, qué bien. Detienes un punto a cambio de una torcedura –me burlé al acudir a ayudarlo a levantarse.

Aquel día al acompañarlo a casa, Lolo estuvo de acuerdo en irnos en microbús. Recuerdo que tuvimos que apurarnos y trepar por la puerta trasera con el autobús aún en movimiento. –Podríamos haber esperado otro –le reproché a Lolo al sentir los cuerpos apretujados contra el mío. Su respuesta fue una sonrisa burlona.

El semáforo en rojo, el sonido de bocinas, el calor insoportable, la música grupera y una multitud abigarrada dentro del pequeño autobús eran el escenario de lo que sucedería.

Fue más o menos así.

Dos tipos suben y sin más preludio que un “cáiganse con lo que traen” sacan un arma y amenazan con disparar. Entonces todos los pasajeros obedientes y con cordura seguimos la indicación sin replicar y damos el dinero, la tarjeta, el reloj, el celular, todo aquello de valor para satisfacer la demanda de aquellos sujetos gordos y malencarados. Todos obedientes, todos excepto Lolo…

- ¿Qué esperas tú güey?

Todos mirábamos a Lolo con sorpresa y miedo, él permanecía tranquilo y contestó con un “¡ni madres!” que nos hizo temblar.

En vano intenté convencerlo de que esto no era un juego, en vano intenté explicarle que aquí no cabían las defensas como en el básquet, que en esta ocasión las cosas no se harían a su manera. El chofer y una señora que viajaban a su lado también intervinieron: “Obedece mano” –le decía el chofer y la señora con pesar le suplicaba “Joven, déles el dinero”. Lolo imperturbable miraba a los rateros.

Fue entonces cuando uno de los ladrones exasperado intentó golpear a Lolo, pero éste con agilidad esquivó el golpe y no conforme con ello se lanzó a atacar a su agresor, ya lo había sujetado con fuerza y le impedía moverse cuando otro de los bandidos, a traición, disparó. Lolo llevándose las manos al abdomen intentaba detener la sangre que brotaba…

La luz en verde y la inmovilidad del autobús, la confusión presente con el sonido de las bocinas y silbatazos. Los asaltantes nerviosos huyen y dejan lo recolectado por olvido –qué humillación para los que obedecimos que nuestras cosas queden en el suelo en desorden–. La gente baja con precipitación, los llantos estallan.

Con rabia y dolor le reproché a Lolo su conducta: “Estás loco hermano” y él sonreía débilmente. Estaba perdiendo mucha sangre ¿Dónde estaba la ambulancia?

De los 34 pasajeros, sólo nueve están dispuestos a denunciar el atraco y quejarse frente a las autoridades. Los otros se escabullen por no “perder el tiempo” en trámites, por miedo, por cobardía… por no ser ellos los heridos.

La ambulancia por fin llega y suben a Lolo quien ya no sonríe pues la herida es grave. Sus dientes perfectos quedan ocultos tras sus labios que se aprietan para evitar gemir. Ahora con indignación le reprocho su locura “Por qué Lolo, por qué actúas tan estúpidamente?”

Sus bolsillos como siempre están vacíos…

(1997)

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