Jueves perfecto

Leonardo subió los escalones. Solía contarlos cuando se encontraba triste o de mal humor. Sabía que eran 34 del piso 1 al 6… lo que no sabía era cuántos serían hasta la azotea.

Era jueves. El sol brillaba.

“Es un día perfecto” –pensó Leo y se sintió inexplicablemente feliz–. Estando en lo alto del edificio subió a la cornisa de éste y camino por su borde jugando con la vida y la muerte. La gente ya había comenzado a acercarse a ver al joven deseoso de suicidarse.

“Lo lamentarán –se dijo sonriendo– lo lamentarán”.

Se acercó y miró abajo. Tomo sus precauciones: verificó que la nota escrita la noche anterior (donde explicaba el motivo de su futura muerte) estuviera en el bolsillo derecho de su pantalón.

“Ojalá no se manche de sangre”.

Miró la hora. 12:09:34. Miró a la gente y pudo imaginar su angustia, sus rostros llenos de terror; quizá hasta lágrimas, su frustración, su desconcierto. Pudo notar desde arriba los rostros tensos y las respiraciones contenidas.

Una anciana vestida de rojo lo señalaba con el rostro pálido y haciendo extrañas muecas quizá por el horror. Las patrullas, ambulancias y trabajadores sociales acababan de llegar y subían ya a su rescate con cierta lentitud.

“Ahora o nunca” –pensó– y se arrojó al vacío: doce pisos abajo.

En su caída todavía pudo observar a la gente que hacía raros movimientos, sus rostros le parecieron ajenos. Miró a la vieja de rojo. Parece como si aplaudiera –se dijo cayendo velozmente– debe estar aterrada.

Fue a caer contra el duro y gris pavimento despedazándose.

En ese momento la gente comenzó a reír. Era una risa estúpida y producía gran alboroto.

Era jueves y el sol brillaba. La gente comenzó a marcharse alegremente. (1989)

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