El mundo subterráneo
La gente
entraba a empujones y prisas dentro de los vagones del metro. Entraba
tropezándose y cuando parecía que alguien iba a caer, éste se agarraba de donde
podía y era la razón por la cual mujeres se sentían víctimas de manos sin
control que se asían a sus cuerpos para recuperar el equilibrio.
El reptil se alimenta, bravo —pensó
Ricardo y sonrío al pensar en el metro como un enorme animal que devoraba a la
gente. La idea le pareció más graciosa cuando el reptil mecánico se detuvo y un
grupo de gente se precipitó para salir. -Oh claro, el monstruo se ha
indigestado —Ricardo rió divertido mirando a la multitud abigarrada.
Se encontraba de buen humor y su rostro así lo
mostraba. Tenía unos grandes ojos negros con una mirada intensa y una sonrisa
que mostraba sus perfectos dientes. Era un joven de apariencia y trato
agradable. Había logrado entrar al séptimo vagón naranja y se encontraba
apretujado contra la puerta sin poder moverse. Tenía a su alrededor a un hombre
enorme y gordo que le había empujado al entrar, a su lado derecho se encontraba
una mujer de rostro muy maquillado y aspecto triste; y a su izquierda también
podía distinguir muy cerca a un anciano.
- Paciencia —se dijo Ricardo— en unos
momentos más y toda esta gente que me empuja saldrá disparada.
Miraba afuera aun cuando en el exterior
prevalecía la oscuridad del túnel. El señor reprendía a la mujer el haber
gastado mucho dinero y le amenazaba que de seguir así no le daría más gasto. La
mujer permanecía silenciosa y Ricardo les miraba divertido a través del reflejo
del vidrio. -¿Pero es qué ha gastado realmente mucho? —se preguntó Ricardo— ¿no
dirá nada la mujer, se quedará callada?. El gordo continuaba con sus reproches
hasta que la señora contraatacó diciendo que eso debía haber pensado antes de
casarse con ella.
- Knock out —pensó Ricardo alegre y
diciéndose que la mujer había sido buena estratega al esperar el momento
oportuno para atacar. —Eso estuvo muy bien, lo ha descontado.
El anciano al ver que Ricardo sonreía y seguía con
la mirada los movimientos de la pareja, tocó el hombro de éste y le preguntó
con autoridad el motivo de su alegría.
- De nada —replicó Ricardo sin dejar de
sonreír.
- Ah, pero ¿entonces usted sonríe por
nada?
- No me vengas con tus reclamos
absurdos, ¿has entendido? —ahora la voz de mujer sonaba fuerte y atacaba sin
descanso. El hombre parecía pequeño y se achicaba más... —¿has entendido?
- Más o menos —respondía Ricardo
- ¿Cómo ha dicho? —le preguntaba el
anciano
- Te lo repetiré otra vez: yo gasto lo
que me pertenece y lo demás no me importa, ¿entiendes?
- No le entiendo, no le entiendo —le
reclamó el anciano a Ricardo
- Te lo diré por última vez, las cosas
son así…
- Digo que a veces soy feliz —repetía
Ricardo
El calor era insoportable, el tren se
detuvo y las puertas se abrieron de par en par. Ricardo fue arrastrado por la
muchedumbre, por la pareja en pleito, por el anciano que se abría paso con el
bastón golpeando a los que le impedían pasar, por mujeres y hombres
desconocidos. - Hay que dejarse llevar —se dijo Ricardo y fue expulsado del
convoy. Buscó refugio apoyándose contra el muro, la gente pasaba frente a él
con prisa...
Ahora me será más fácil abordar —se dijo
al ver los pasillos semivacíos. Permaneció allí, esperando con impaciencia la
presencia del animal naranja que rugía y abría sus fauces para que Ricardo
entrara, con él había entrado un señor calvo de rostro arrugado que comenzó por
saludar y decir un pasaje de la Biblia. Decía el texto de memoria referente a
ayudar al prójimo y sin emoción alguna. Estiraba la mano flaca para recibir el
dinero que los pasajeros daban con deleite haciendo la obra del día.
- Dios está aquí, gracias. Dios está
aquí —y Ricardo por diversión había volteado para confirmar lo que el señor
decía, incluso había llevado la mano a la frente para cubrirse de los reflejos
y ver con claridad, pero no veía nada extraordinario: rostros sudorosos y
cansados, rostros maquillados, algunos rostros agradables, nada más. El hombre
estiró la mano hacia Ricardo y éste negó con la cabeza. En ese momento las
puertas se abrían y Ricardo bajó y tropezó con un joven de aspecto sucio y
descuidado que le miró confundido.
- Disculpa
- Está bien mano, pero fíjate por dónde
caminas —le aconsejó Ricardo y el otro con sus ojos irritados asintió con un
movimiento de cabeza.
“La mujer gastará lo que ella quiera
porque el marido al final tendrá que tolerarla”. El metro se aproximaba a
través del túnel. Las luces y el ruido anunciaban la proximidad del metro. “El
señor del bastón estará preguntándose cómo un tipo como yo puede ser feliz si
viajo en metro y...” Se distinguía a lo lejos al reptil que marchaba con prisa.
“El tipo que encontró a Dios seguirá ganando unas monedas hasta que la gente
sepa distinguir a un méndigo de un mendigo...y éste de mirada triste...”
En ese preciso momento, el joven de
mirada triste se arrojaba a las vías. El reptil mecánico seguía su marcha sin
detenerse, Ricardo volteaba a todos lados buscando a Dios, la gente salía y le
arrastraba y él ya no pensaba en nada más...


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