Cuenta regresiva

Las ganas que me dan de soltarle un golpe en su cara, de hacerle sangre a su delicada nariz o dejarle el ojo morado.  ¡Qué ganas de encajarle un puñetazo en la boca! Apenas si puedo contenerme, aprieto los labios y miro al suelo contando mentalmente: “uno, dos, tres, cuatro, cinco”. El veintiún es mi número de la suerte.

Él, sin saber lo que cruza por mi mente, continúa relatando que se cayó patinando, dice que su error fue el querer saltar la banqueta a tan alta velocidad. “Dieciocho, diecinueve, veinte, veintiún” –finalizo con el conteo y me doy cuenta de que aún deseo golpearlo; definitivamente el veintiuno no me trae suerte aunque yo me empeñe en decir que sí.

- ¿Qué pasa? –me pregunta
- Nada que te importe –respondo. Mi contestación le sorprende y me mira sin comprender, repite para sí ¿nada qué me importe?, ¿nada qué me importe? Sale indignado dando un portazo. Creo que no debí contestarle así…

Sí, sí, estoy con la completa seguridad de que no debí haberle aventado a la cara “nada qué te importe”. De hecho, creo que él hubiera soportado mejor el golpe físico: el puñetazo a su carita que mis palabras frías y cortadas que le lancé así porque sí. Me preguntaba el motivo de mi estado de ánimo y yo sólo le he contestado que a él no le incumbe lo que a mí me suceda.

Creo que si el momento se repitiera, si yo apenas llevase diecinueve números contados y él continuara argumentando que su error fue la velocidad, la cosa sería distinta porque esta vez si pensaría mi respuesta y no le diría lo primero que se me viniera a la mente: “veinte, veintiún”…

-¿Qué pasa? –me preguntaría. Silencio. Me viene a la mente responderle que eso no le importa pero debo contenerme. Pienso la respuesta:

-Es que me aburres –contestaría. ¡No, no, no! Creo que esa tampoco sería una respuesta aceptable. Quizá también él repetiría “¿te aburro?, ¿te fastidio? Saldría dando un portazo. ¡No, no! Es obvio que esta tampoco sería una respuesta aceptable.

“diecinueve, veinte, veintiún”.

-¿Qué pasa? –me preguntaría. Silencio. “Me aburres, nada que te importe”– pensaría pero no diría nada….¡ya lo tengo!

- Contaba hasta el veintiuno- comenzaría a explicarle que es mi número de la suerte aunque de nada servía, que contaba al veintiún para olvidar que quería golpearlo… ya me imagino su cara de sorpresa “¿golpearme?” –me preguntaría desconcertado. Yo afirmaría con la cabeza y le diría que me hubiese gustado soltarle un puñetazo en la cara sin saber con certeza el por qué; sin embargo quizás el motivo era que su plática me exasperaba. El episodio de su caída en patines resultaba aburrido pese a la velocidad. Finalizaría diciéndole que le agradecería que se callara o platicara de otra cosa.

-Comprendo – quizá me diría y dejaría de hablar. Permanecería silencioso y quieto y yo no querría golpearlo. ¡Ah, todo sería tan fácil! Le diría con franqueza que a pesar de su aburrimiento y fastidio podría contar conmigo, yo le sería leal y no le fallaría…

Pero nada es así, él se ha ido indignado dando un portazo y yo continúo pensando que no debí haberle contestado groseramente… Un tío me decía que mi espontaneidad le divertía, yo sigo pensando que mi expresión natural y franca no tiene nada de gracias y sí me trae problemas.

Ojalá pudiera decir que él ya me conoce y me comprenderá, pero no; él no me conoce aunque quizá me comprenda.

Lo que es cierto es que yo seguiré contando de uno a uno hasta el veintiuno, y volveré a contar 21 veces 21 a ver si con ello mi suerte cambia, a ver si con ello mi amigo regresa y se percata de que a pesar de todo podrá contar conmigo en las buenas y en las malas…uno…dos… tres…cuatro…cinco… (1992)



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