Carlos
Se llamaba Carlos. Quien lo conocía podía asegurar que su pasión siempre fueron las ideas.
Últimamente lo obsesionaba la idea de la muerte; para él la muerte representaba una preocupación constante, lo que marcaba el tiempo-espacio de la existencia. Era la angustia de lo material a espiritual, de lo concreto a lo abstracto.
Sus ideas pronto se crearon para llegar a la conclusión de que morir era marcar el principio de algo diferente, era dejar el cuerpo para vivir en completa libertad espiritual, era el existir sin ser.
Sus sueños a partir de esto aparecían representados por atmósferas desoladas con habitaciones asfixiantes, con pasillos en donde cuerpos entrelazados giraban intentando alcanzar la libertad, donde los cuerpos se contorsionaban en un afán desmesurado de romper las barreras de la piel, del cuerpo para huir.
Salió a la calle. La luna reposaba en las nubes. Miró a la gente, sus caras le resultaron extrañas e indiferentes. Se sintió preso y lleno de silencios. Subió al edificio donde vivía y se arrojo. Doce pisos abajo cayó. Aún recuerdo los rostros asombrados al ver a Carlos inerte, libre, sin barreras, sin sueños… sin vida.
Algunos lo juzgaron creyendo que se trataba de un loco, otros lo llamaron cobarde y otros más lo señalaron como un enfermo. Pero nada de esto es verdad. Era un ser frágil.
(1989)

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